¿Saben cuando llegan por fin al hotel tras un día de no parar y te das cuenta que todavía tienes que seguir trabajando porque tienes que escribir un post y no sabes por donde empezar, porque todo te parece fantástico y fabuloso? Pues yo me encuentro en ese dilema moral en donde no sé si ponerme a estructurar contenidos, hacer un recorrido o hablar a lo loco y decir y vi esto, y vi lo otro, y lo demás allá. Bueno, ya veremos como se va desarrollando la cosa…

 



Oslo es una ciudad con personalidad, llena de fantásticos parques, no por nada dicen de ella que es la capital europea con más verde. Lo corroboro totalmente. En todas partes ves árboles, jardines, flores… Los noruegos están más que acostumbrados, pero para a mí, pobre niña del atlántico, me parece fantástico y digno de copiar todos esos espacios urbanos preparados para el ocio. El parque Vigeland es buen ejemplo de equilibrio entre la naturaleza y el hombre. Una extensión fabulosa se extiende ante nuestros ojos, con gente paseando a su perro, haciendo deporte o caminando. Esa es otra, al noruego le encanta hacer deporte, buena muestra es la cantidad de bicicletas que se encuentran por toda la ciudad. Pero volviendo al parque, ¡qué maravillosas esculturas! Todo diseñado y creado por el mismo Gustav Vigeland entre 1907 y 1942, que narran las diferentes etapas de la vida y de las relaciones que se establecen a lo largo de ella.

 



Y después de tanto aire puro nada mejor que volver a la civilización y darnos un volteo por el centro de la ciudad y ver tiendas de decoración que nos sacarán algún suspiro de deseos de compra. Pero hay que tener cuidado, el paraíso tiene un precio, y los noruegos lo saben bien: todo es mucho más caro.
Para mí lo mejor de Oslo es sin duda su arquitectura: sobria, funcional, creada a partir de líneas rectas. Le dan a la ciudad un toque de distinción. La mayor parte de los edificios son del XIX y del XX, como el Ayuntamiento, que pertenece al XX. Un exterior de ladrillo espectacular, y un interior de lo más sorprendente: coloridos frescos que animan y sorprenden al visitante y que nos narran la historia de Noruega.

Si queremos ver algo de arquitectura actual, nada mejor que darse un salto a la Opera House, un edificio imponente, a la orilla del mar, que ganó el premio de arquitectura en Barcelona 1998 y que hará las delicias de cualquiera. En especial destaco lo transitado que está, no sólo por turistas, como es lógico, sino la vida que desprende. El hall, con cafetería incluida, lleno de jóvenes, y el ajetreo de la gente que se acerca por allí sencillamente para dar un paseo. Un edificio bellísimo, con un interior todavía más bonito, y con una vida, que me provoca envidia sana, y que me gustaría que tuvieran alguno (por no decir todos) de esos imponentes edificios modernos que construimos y que se mueren de pena y de soledad, por muy glamurosos que sean.
Y mañana será otro día, que por hoy ya está bien, y yo ando agotadísima…